jueves, 23 de agosto de 2007

La columna de opinión

Fotos del alma Por Enrique Pinti* Uno quisiera prolongar los momentos de felicidad; algo así como detener el tiempo, frenar el reloj, congelar en el freezer de la dicha esas épocas en las que todo funcionó a la perfección y el equilibrio psicofísico llegó al punto óptimo de la realización personal. Pero no se puede: la vida es una eterna y alocada calesita que gira y gira sin que atinemos a sacar la sortija. Nos quedan las fotos, las que sacó la máquina y las que están fijadas en el recuerdo embellecidas por la nostalgia. Están las sensaciones que vivimos asociadas a edificios, calles, parques, plazas, patios y bares, a olores y sabores perdidos en el tiempo, y esas canciones que sabíamos de memoria y que nos siguen acompañando y trayendo recuerdos entrañables. Y, claro, están las películas de nuestros años felices, nuestros héroes de historieta, nuestras heroínas de novela, nuestros folletines lacrimógenos y aquellos primeros ídolos en blanco y negro que el televisor sin control remoto nos depositaba en el living de nuestra casa vía Hollywood o desde algún canal autóctono. Pero hay un enemigo de nuestros queridos recuerdos, un responsable directo o indirecto, pero siempre impiadoso: el olvido. A veces es nuestra frágil memoria debilitada por los achaques de la vejez la culpable, pero otras veces las cosas queridas son borradas por la negligencia ajena. Esas viejas películas argentinas que, más allá de su calidad artística, son testigos invalorables de modos y costumbres que pintan con fidelidad épocas y períodos históricos, no han sido conservadas en buen estado ni por sus casas productoras ni por un Estado siempre presente en el cobro de impuestos y eterno ausente en sus obligaciones para con el patrimonio cultural del país. Una de las tantas caras visibles del olvido y la indiferencia hacia un pasado del que cosas podrían aprenderse. Nuestra actitud frente a las propias vivencias es a veces frívola, por decirlo de una manera piadosa. No transmitimos con eficacia nuestras experiencias a las nuevas generaciones, que crecen en la creencia de que nada importante ha existido antes de su nacimiento y están convencidas de que han inventado la pólvora. Pero los seres humanos tenemos reflejos inconscientes y mecanismos de defensa contra esa borratina emotiva. A veces son manotazos de ahogado que despiertan sensaciones que mezclan lo tierno con lo bizarro. Por ejemplo, esas personas que siguen usando el peinado y la ropa de sus años mozos y felices; los hippies maduros a los que les quedan cuatro pelos locos, pero se los dejan crecer hasta formar una melena entrecana que cae sobre sus hombros y desafían el paso del tiempo. Esas señoras con el batido con spray que perpetúan el twist con el que sacudieron sus caderas ahora macizas y otrora tan ágiles. Los maduros casi setentones como el que esto escribe, que no hemos podido renunciar a la carterita de cuero tan popular en los años setenta y añoramos aquellos pantalones oxford pata de elefante de colores vivos, las camisas entalladas y los zapatos bicolor con taco y plataforma. Somos sobrevivientes, y a veces intentamos un viajecito por el túnel del tiempo para no traicionar nuestro pasado y perpetuar los momentos más felices de nuestra época dorada. Hoy, las fotos digitales escondiditas en los teléfonos celulares multiuso casi nunca se imprimen y no relucen en álbumes prolijos, fácilmente consultados cada vez que el recuerdo los reclama. Ocultas en el diminuto aparato comunicador, que puede perderse en cualquier taxi como un paraguas, esos fragmentos de vida parecen no tener importancia, pero en la medida en que vamos cumpliendo años y nuestra memoria comienza a fallar, son la tabla de salvación para eso que nos queda entre el fragor de tanta batalla vital: recuerdos de quienes fuimos y que forjaron lo que hemos llegado a ser. No estaría nada mal que, cada tanto, en alguna tertulia relajada y feliz evocáramos con ternura y humor a los que se fueron, pero siguen estando vivos en las fotos del alma. *El autor es actor y escritor Pinti, Enrique (2007): “Fotos del alma”, en Revista La Nación, Domingo 27 de mayo de 2007. Disponible en URL: http://www.lanacion.com.ar/archivo/nota.asp?nota_id=910816&origen=acumulado&acumulado_id=

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